Valladolid, ciudad imperial
El miércoles 7 de agosto se presentó como el día perfecto para visitar Valladolid: ligeras nubes y temperaturas suaves en la capital castellano-leonesa. No podíamos tener mejor guía: arquitecto y vallisoletano, el padre de Mariano nos fue descubriendo la historia, cultura, monumentos y secretos de la que una vez fuera capital del Imperio español.
Nos explicó que unas desafortunadas intervenciones urbanísticas llevadas a término en la segunda mitad del s. XX dañaron el patrimonio arquitectónico y artístico. Han sobrevivido, sin embargo, monumentos tan emblemáticos como el palacio de los Pimentel –donde nació Felipe II-, la iglesia de san Pablo –donde fue bautizado-, el palacio de los Vivero –donde contrajeron matrimonio los Reyes Católicos-, la inacabada catedral concebida por Juan de Herrera y muchos otros monumentos de inigualable calidad.
Nuestro guía hizo un esfuerzo por mostrarnos -en el breve tiempo de que disponíamos- una visión amplia para lograr el objetivo de la visita: enseñarnos el papel clave que desempeñó Valladolid en la España imperial del Siglo de oro.
Ya tarde, pudimos disfrutar en casa de Mariano de una abundante y sabrosa comida de corte local –tabla de ibéricos, tortilla de patata… La hospitalidad con que se nos acogió sirvió para reponer fuerzas; también para disfrutar tranquilamente de nuestra siguiente parada: Tordesillas.
Aunque el convento de Santa Clara cerró sus puertas poco antes de nuestra llegada, no desmerecieron para nada las visitas a la iglesia de san Antolín –hoy museo de arte sacro (templo al que acudía doña Juana la Loca a oír Misa durante su reclusión en esta localidad)-, y las Casas del Tratado –donde se acordó la repartición del Nuevo Mundo entre España y Portugal.
Acabamos cansados, tras un día tan bien aprovechado; sin embargo, pudimos disfrutar de una excursión redonda: tenemos nuevos planes para regresar a la antigua capital imperial.




