
Cuaderno de bitácora:
19 de enero de 2014.
A eso de las diez y media de la mañana después de un frugal desayuno, un reducido grupo de valientes montañeros se disponía a partir hacia la sierra madrileña.
Tras un ameno viaje la comitiva estaba lista: botas de montaña, gorros, camisetas térmicas, guantes, chubasquero, forros polares… Iniciamos la excursión cruzando el río Manzanares y ascendiendo por un estrecho sendero, rodeado por ambos laterales de un tupido bosque de pinos nevados.
Comenzaba a nevar. Guiados por los mapas y la experiencia de D. Ferrán, seguimos nuestra ruta hacia el Collado Cabrón. A eso de la una hicimos un alto para coger fuerzas, tomar alguna cosilla y, sobre todo, disfrutar del bellísimo paisaje que se extendía ante nosotros. Seguía nevando y el manto blanco aumentaba considerablemente conforme ascendíamos. Numerosos arroyos corrían repletos de agua procedente de las últimas lluvias y nevadas.
Aunque a cada metro la dificultad de avanzar se incrementaba, el grupo de montañeros, demostrando un gran valor y coraje, no se arredraba lo más mínimo. Incluso en un momento dado, se produjo una pequeña batalla de bolas de nieve.
Decididos como estábamos a dejarnos la piel en la subida a ese collado; tras cruzar arroyos de turbulentas aguas, saltar desde grandes rocas, y atravesar espesos mantos de nieve la tormenta alcanzño su zenit. Un fuerte viento transformó la fina nevada en ventisca.
Finalmente buscamos cobijo en unas cuevas del bosque; allí comimos formidablemente y charlamos un rato. Repuestas las energías, volvimos a abrigarnos y salimos al camino, esta vez ya de bajada, pues tocaba regresar. La tormenta parecía amainar y por momentos iban apareciendo pequeños claros, atravesados por tenues rayos de sol que refulgían en las cimas nevadas.
Nos vamos, sí, pero volveremos; ¿Tendrás valor para sumarte a la próxima expedición?

Francisco R.



